“El taxi se detuvo, Marcello se apeó ante el café designado por Orlando. Las mesas alineadas en la acera, tal como le advirtiera por teléfono el agente, estaban llenas; en cambio, el interior del café estaba desierto. Orlando estaba sentado en una mesita junto a una ventana. Tan pronto como lo vio, lo llamó y le hizo señas de que se acercara.
Marcello se encaminó hacia él sin prisa y se sentó de cara al agente. A través del cristal de la ventana se veían las espaldas de las personas sentadas fuera, a la sombra de los árboles y,
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