
“Lo que me impresiona del narrador-personaje del libro es su
capacidad para involucrarse con entusiasmo en mundos sucesivos sin perder jamás
la distancia del observador. Queda para nosotros una huella impagable de la
vida presente, los mil y un detalles de una experiencia única que produce en el
lector una inusitada sensación de reconocimiento”. Roberto Merino
“¿Novela de aprendizaje, memorias, diario de vida, manual de budismo para
principiante? Todo eso y mucho más, una manera de verse a sí mismo en el mundo
completamente propia. El rincón de una vida, de una mente nacida para contarse.
Un libro que proclama en voz alta, con pericia, con una astucia completamente
adulta ya, su radical inmadurez”.
Rafael Gumucio
LUN - Leonardo Sanhueza
Un año en el budismo tibetano
Esta novela autobiográfica, debut literario de Sebastián Olivero, se sostiene de principio a fin sobre el filo en que la sinceridad se transforma en ironía, la claridad en humor y la ingenuidad en inteligencia cáustica. Olivero cuenta aquí, con un estilo llano, adolescente y reacio a la perspicacia y a cualquier forma de cinismo, los pormenores de su iniciación en el budismo tibetano, religión a la que llega de manera inocente, en una búsqueda espiritual que se enreda con su confusión existencial profana.
La historia misma, sin embargo, está en un segundo plano y de hecho podría ser cualquier otra: iniciación en el rubro bursátil, primeros fuegos en la carrera militar, etcétera. El foco de este libro está en el protagonista y en su forma de narrar, que lleva la transparencia y la sencillez a una zona en que hasta la más insignificante descripción pareciera expresar algo. Esa inquietante simplicidad produce un efecto seductor, en el cual nunca se sabe si el narrador habla con seriedad lacónica o está desplegando el más refinado y oculto de los humorismos. “El almuerzo”, escribe por ahí, “constaba de carne de soya, arroz integral y verduras. Como es un centro holístico dirigido hacia las terapias naturales y actividades espirituales es imposible comer cosas infames como puré con pollo al jugo, papas fritas con bistec o un buen asado”. Más adelante, a propósito de una cita con numerosos maestros budistas venidos de todas partes del globo, el narrador apunta: “La historia de cada uno de ellos forma un currículum espiritual de varias páginas, y si tomamos en cuenta todas sus vidas, de varios siglos”.
Pariente de “Sobre cosas que me han pasado”, de Marcelo Matthey, esta novela habla de las honduras y alturas del espíritu recurriendo a elementos triviales, insignificancias cotidianas, esos detalles que Georges Perec denominaba “lo infraordinario”. El resultado es un sujeto entrañable, que logra dar cuenta de su fragilidad de aprendiz místico y, a la vez, su fuerte inteligencia literaria, polos que, en este caso, se debaten sin pausa en la frontera entre vida y literatura.
LA TERCERA - Juan Manuel Vial
Karma hot
Un año en el budismo tibetano, la novela debut de Sebastián Olivero, viene a ser una obra original, íntima y chacotera a la vez, en donde el protagonista, un muchacho calentón, explora las posibilidades del budismo en Chile.
Al igual que el hinduismo, del cual proviene, el budismo es una religión que ofrece un concepto de justicia superior, como ciertamente lo es la reencarnación: la idea de regresar a este mundo después de la muerte, una y otra vez, hasta pagar todos los pecados que aquí se cometieron, suena tremendamente justa. Pero según observaba el más grande pensador hindú del siglo pasado, Nirad Chaudhuri, los hindúes no inventaron la reencarnación por razones justicieras o espirituales, sino, más bien, teniendo en mente consideraciones puramente terrenales: amaban tanto este mundo, que la noción de vivir alejados de él, aunque fuese en un idílico paraíso repleto de elefantes, mangos y danzarinas, les resultaba insoportable.
Un año en el budismo tibetano es una magnífica novela autobiográfica, la primera de Sebastián Olivero. El protagonista, un joven estudiante de literatura, detalla cómo se fue involucrando poco a poco en la práctica budista, asistiendo primero a un centro llamado Chagdud Gonpa, ubicado en la calle Suecia, hasta arribar a una suerte de cumbre de seguidores de Buda en un santuario de la selva brasileña. Narrado con simpleza, desparpajo, honestidad e ironía, el testimonio de Olivero no transmite, afortunadamente, un mensaje edificante destinado a captar incautos para la causa. A diferencia de la gran mayoría de las obras de ficción o semificción que tratan temas religiosos, la de Olivero ofrece al lector una virtud que, hoy por hoy, tampoco se halla en abundancia en otra clase de libros: el humor. Al respecto, valga una advertencia: esta es una obra seria, como en su momento también lo fue la práctica budista a la que se entregó el protagonista. Prueba de ello es que en varias ocasiones a lo largo del relato, Olivero desliza juicios muy sagaces acerca del budismo, como, por ejemplo, la marcada vocación monetarista que guía a muchos de los seguidores de Buda: al momento de disponerse a recitar la oración de Orgyen, el autor advierte que en ella “las aspiraciones se vuelven bien concretas”; y algunas líneas más abajo, concluye: “Tuve un tiempo de confusión, no me gusta esto de estar pendiente de la plata”. Chaudhuri, por su parte, nos informaba que desde sus inicios, y no por mero azar, el budismo se hizo tremendamente popular entre la casta de los comerciantes.
Olivero, muchacho rijoso al que le agradan las mujeres exuberantes, tiene bastante claro cuál es su carga cósmica en referencia a ese tema: “Como ya me está gustando supongo que debe ser neurótica y manipuladora, como lo era Agniezka y varias de las mujeres de mi vida: es mi karma”. Y al poco andar, también es capaz de apreciar con claridad la del resto: “En su casa destacan el estilo y la decoración, es una coleccionista que no deja pasar detalle. Hay que sumar cinco caballos, varios perros de raza, un par de autos bien caros y un karma de mierda”.
Además de ofrecer un mapa bastante detallado de la práctica del budismo en Chile, la novela rinde culto a un epígrafe, gracioso en su simplicidad, que dice así: “Cuando alguien realiza un viaje, puede contar algo”. El viaje de Sebastián Olivero por el budismo tibetano viene a ser una obra original, íntima y chacotera a la vez, que podría ubicarse en un estante ideal, sin verse disminuida, junto a otros libros de gran valor que tratan aquello que, en mi opinión, convencido como estoy de que cada religión pertenece exclusivamente a su paisaje originario, siempre dará para reír de buena gana: la ridícula fascinación de los occidentales por los cultos orientales.
The Clinic - Tal Pinto
Un siddhartha cínico y chileno
“Un año en el budismo tibetano” es el relato de un veinteañero próximo a salir de la universidad que encuentra en esta religión intramundana un refugio para su temor. Estudiante de literatura, el narrador, al borde del ingreso a la vida profesional, se ve a sí mismo perdido y frustrado. Paulatinamente, el budismo le ayuda a disipar, incluso a envolver en una bruma, su miedo a la contingencia. El problema, por cierto, es que la práctica budista lo pone en contacto con una comunidad que padece igual que él: de una voluptuosidad como la suya, de una mezquindad como la suya y de un desorden como el suyo.
El narrador intuye, y hacia el final confirma, que está involucrado en un juego vertiginoso de sustituciones. Al principio tuvo la religión de su familia, y las leyes de su familia, y ésta fue reemplazada por la universidad y la religión de la literatura, la que fue, no enteramente, hecha a un costado por el budismo. Las tres son estructuras que ayudan a darle una forma manejable al mundo; imprimir un orden sobre el caos sensorial. Olivero (el narrador) concibe su relación con el budismo como una manera de acrecentar su capital espiritual y así reducir su neurosis. Sobre esa oposición –neurosis/espíritu– Olivero construye la narrativa de esta novela o ensayo o autobiografía, o todas las anteriores; es precisamente la pretensión de subsidiar por medio de una espiritualidad incipiente y organizada en función de ciertas reglas el caudal neurótico lo que convierte “Un año en el budismo tibetano” en un relato simpático e inocentón y, paradójicamente, también provisto de una tremenda autoconciencia.
“Un año en el budismo tibetano” es, cuando todo encaja, la versión escéptica, casi cínica, de “Siddharta” de Herman Hesse. En ambos relatos dos jóvenes huyen de un ambiente protector y descubren que el mundo no está hecho de las opiniones de los demás; dejan de pensar con la sangre de su familia. La diferencia, guardando toda proporción, entre Olivero y el Buda Gautama, radica en que mientras este encontró un árbol desde cuya sombra organizar la vida y la muerte, el primero da con un arbustito o una zanja en la que puede masturbarse sin que nadie lo observe. El narrador se percata, a unos meses de práctica budista, que su virilidad va en aumento (él se refiere a este como un fenómeno de “empoderamiento”) y, ni corto ni perezoso, da rienda suelta a su calentura.
En ese instante “Un año en el budismo tibetano” se transforma en una parodia realmente cómica del género de la autoayuda. Si en esos libros una voz autorizada, la del maestro, le impone a sus pupilos verdades reveladas, secretos para hallar la serenidad, Olivero, sin saberlo, encuentra en el budismo un manual espiritual sobre cómo conseguir erecciones. Así como el Tyrone Slothrop de Thomas Pynchon, a quien se le erguía el pene cuando presentía que un V2 Scheneider iba a caer en algún lugar de Londres, a Olivero el “ashram”, la Tara Roja, los mantras, lo acercan a su sexualidad y atemperan su naturaleza melancólica y, bien o mal, consiguen que se le pare, casi como si estuviere enfrente de imágenes de pornografía amorosa.
Prologado por Roberto Merino, este libro, un inusual proyecto de titulación universitaria, ocupa un lugar curioso en la narrativa chilena. Como bien observa Gumucio en la contratapa, y al interior del libro como personaje, Olivero narra desde una posición de inmadurez e inferioridad plenas. La novela es sincera en su deseo de búsqueda, sincera en su afán por darle algún orden al mundo, y también perfectamente deshonesta y sentimental cuando ese orden empieza a tomar forma y el miedo de quedar atrapado en una ideología, en un estilo de vida, triunfa sobre la vida monacal que el budismo quiere para Olivero. Soy, parece decir el narrador, para bien o para mal, un occidental.















Hola Sebastian,
le regale el libro a mi hermana para navidad (con tu dedicatoria ;-) )
y me comento que esta re bueno y se ha reido mucho,
estoy esperando que se lo termine para leerlo yo!
felicitaciones por tu publicacion
sole