Después de la cena, fueron a tomar café a otro establecimiento. Pécuchet, contenmplando las lámparas de gas, se lamentó del exceso de lujo; y, luego, con un gesto de desdeño, apartó los periódicos. Bouvard era más indulgente en este terreno. En general le gustaban todos los escritores, y en su juventud, había tenido ciertas cualidades como actor.
Pretendía hacer pruebas de equilibrio con un taco de billar y dos bolas de marfil, como hacía Barberou, uno de sus amigos. Pero inveriablemente se caían y, rodando por el suelo entre las piernas de los clientes, se perdían a lo lejos. El mozo, que se levantaba cada vez a cuatro patas para buscarlas a cuatro patas debajo de las sillas, acabó quejándose. Pécuchet tuvo una disputa con él, apareció el dueño, pero no atendio sus excusas e incluso protestó por la cuenta.
Propuso acabar la velada apaciblemente en su domicilio, que se hallaba muy cerca, en la Calle Saint-Martin.
Bouvard y Pécuchet de Gustave Flaubert















