
Fue mi primera vez... bueno, casi, ya que la primerísima no cuenta por que fue necesaria para un trabajo universitario... era pura ciencia e investigación.
Esta vez fue diferente.
Invitado por mi tío, que cree que soy gay, llegamos al Café Ikabarú ubicado en una de las tantas galerías del centro de Santiago.
La verdad es que llegué engañado. Ya había pasado casi 2 horas esperándolo en su nuevo bazar (de esos de barrio tan cool! vende desde fósforos, pasando por cartulina, paltas, shampoo, corta uñas, hasta esos 'chocolates de a 5' pero que ahora cuestan 10). Al llegar me pidió que lo acompañase a buscar una platita que le debía un amigo. Caminamos por Morandé hasta la entrada de una galería cuyo nombre no quiero recordar. Ahí me preguntó:
- ¿Hay entrao a un café con piernas?
- No... bueno si... maomeno -respondí con la elocuencia que me caracteriza.
Entrar a un café con piernas es todo un tema. No solo por el estigma social que ello implica, sino por los códigos que hay que conocer.
Primero: tienes que saber que al entrar a un café con piernas, quedarás ciego. Claro, si entras de día. La oscuridad dentro del local es casi total. Además el humo del cigarro aporta al tema de la perdida momentánea de la vista.
Segundo: todos van a saber que es la primera vez que entras, porque pasas directo a la barra a pedir a la señorita. Ojo, casi siempre hay una cajera que, a cambio de tu dinero, te dará una ficha o un papel de color, intercambiable por lo que quieres tomar.
Tercero: Usualmente hay que ir acompañado 'para tirar la talla' con las chicas -claro, hay otros lugares, por lo que me contaron, en que la compañía de la señorita es más que suficiente... y, además, es bien íntima-.
Cuarto: Siempre deja una propina de $1000 como mínimo... de no ser así, las atenciones futuras serán menos entretenidas -me refiero a la conversa con las señoritas...-.
El lugar es amplio -aunque ojo, no todos son así- pero se encontraba repleto. Pedimos un par de gaseosas y partimos al segundo piso. Desde ahí tenia una vista privilegiada de casi todo el lugar. Pude ver como se desenvolvían las señoritas y el comportamiento de los caballeros. Casi todos los clientes andaban en grupos de tres o más, por lo que las risotadas, las bromas y chistes en doble sentido eran estridentes en algunos momentos. Las señoritas se movían entre el mar de hombres de una manera impresionante, riendo y esquivando agarrones de manera profesional. El Uniforme de trabajo de las señoritas parece ser bastante cómodo e interesante para los ojos del cliente. Un micro bikini de colores fosforescentes que brillan aún más con el efecto de la famosa luz negra de neón.
Nos atendió una señorita muy amable de bondadosa y siliconada anatomía. Pero primero el saludo: dos besos en las mejillas, cuneteados para darle más picardía al asunto y entrar en calor. Un par de palabras pícaras y se retira en busca de nuestro pedido.
- El otro día traje al Felipe -me dijo mi tío refiriéndose a su hijo.
- ¿Ah si, y qué tal?
- Me dijo que nah del otro mundo, que había salido con minas mejores.
Una risilla fanfarrona se apoderó de mi boca ya que la verdad no creo que mi primo tenga amigas así... y si es así, no se por que no me las presenta.
Al llegar las gaseosas, la señorita no dejaba de mirarme, hasta que al final dijo lo que yo sospechaba que estaba pensando:
- ¡Eres igualito a Harry Potter!
- No le digai eso, que se enoja - le respondió mi tío.
- ¿Y por que? Si Harry Potter es tan rico... le haría chupete -replico ella mirando fija y ardientemente a mis ojos...
- ¡Hips! -dije
Se rió y fue a atender a sus clientes.
La despedida fue igual de calurosa que la bienvenida, pero esta vez con tres besos... el último fue un regalo por mi primera vez.











Necesitan mas trajín en este tipo de locales. Es un mundo oscuro y picaron. Una dimensión paralela.
Suerte, y sigan así.